España se queda sin talento en IA: el 80% de las empresas no encuentra profesionales
La demanda de perfiles técnicos crece un 34%, pero la falta de profesionales cualificados ralentiza proyectos y dispara los salarios tecnológicos
El filósofo Andrea Colamedici alerta de una sociedad con atrofia cognitiva, que delega en la máquina hasta su juicio crítico

En 2025, un ensayo firmado por un supuesto filósofo hongkonés llamado Jianwei Xun se convirtió en uno de los libros más comentados del año. Su tesis denunciaba cómo las grandes plataformas digitales manipulan nuestra atención y citaba a figuras como Trump o Musk para ilustrar el fenómeno. El libro fue elogiado por universidades, periodistas e intelectuales. Se tradujo al inglés, francés y español, y su concepto central, la hipnocracia -un poder que captura la atención en lugar de imponerse por la fuerza- llegó incluso al diccionario crítico francés.
Pero había un problema: Jianwei Xun no existía. Era una identidad ficticia creada por Andrea Colamedici, filósofo y editor italiano, profesor universitario y cofundador de la editorial Tlon. El autor había construido al personaje y parte del libro a partir de conversaciones con IA generativa. La revelación provocó un terremoto cultural y ético: ocultar la coautoría de la IA incumplía el Reglamento Europeo de IA, que obliga a etiquetar contenidos generados con estas herramientas. El caso abrió un debate global sobre autoría, transparencia y el papel de la IA en la producción intelectual.
Un año más tarde, Colamedici vuelve con un nuevo ensayo: ‘Pensar con prompts’. Esta vez no oculta nada. El libro muestra abiertamente sus conversaciones con chatbots, permitiendo al lector ver la “cocina” del pensamiento: cómo pregunta, cómo la IA responde, cómo él corrige, matiza o contradice.
Su tesis es contundente: cada vez más personas no pueden prescindir de la IA para pensar, escribir o producir. Y eso, afirma, es peligroso. No porque la IA sea dañina en sí misma, sino porque estamos empezando a delegar en ella funciones cognitivas que antes ejercíamos de forma activa.
Colamedici habla de atrofia cognitiva inducida por la IA y se apoya en estudios recientes que apuntan a un cambio de hábitos preocupante:
El riesgo no es que la IA piense por nosotros, sino que dejemos de pensar porque ella lo hace más rápido.
Colamedici introduce un concepto inquietante: la aristocracia cognitiva. Una minoría aprenderá a dialogar con la IA, a exigirle más, a usarla como herramienta de ampliación intelectual. La mayoría, en cambio, se limitará a pedir respuestas rápidas y superficiales.
Lo resume con una metáfora brillante: “Usar un chatbot solo para preguntas simples es como usar el DeLorean de ‘Regreso al futuro’ para ir a comprar el pan”. Estamos desperdiciando una herramienta poderosísima… y, de paso, perdiendo músculo mental.
En la escuela, un profesor ya no puede evaluar únicamente lo que el alumno entrega: cualquiera puede pedirle un trabajo a la IA. La propuesta del autor es volver a exámenes orales, debates y ejercicios donde se valore cómo se ha pensado, no solo el resultado final.
En el trabajo, saber redactar buenos prompts se está convirtiendo en una habilidad básica, comparable a saber usar un buscador hace veinte años. Quien no la desarrolle puede quedar en desventaja en cualquier puesto que implique trabajar con información.
Colamedici reclama una IA europea propia, igual que en su día se creó el euro. La alternativa es seguir dependiendo de plataformas estadounidenses o chinas. Recuerda el caso reciente de Anthropic, que rechazó eliminar salvaguardas que el Departamento de Defensa de Estados Unidos pedía para usar su IA en vigilancia masiva: un ejemplo de los límites éticos y geopolíticos en juego.
Colamedici no propone renunciar a la IA. Propone exigirle más. Usarla como un compañero de entrenamiento intelectual: contradecirla, pedirle que profundice, no quedarse con la primera respuesta. Recupera una idea antigua: Platón decía que la escritura era un phármakon, a la vez remedio y veneno. La IA, según afirma el autor, es lo mismo. Puede potenciar nuestra capacidad de pensar o anestesiarla. Depende de cómo la usemos.